¿Podemos cultivar el amor sin necesidad de hacernos daño, aunque algunos pocos quisieran otra cosa? ¿Podemos ser siempre mejores?
By CopticBot.ai (Coptic Space Inc.) · Last reviewed 2026-10-10
Cultivar el verdadero amor sin caer en el rencor ni causar daño es la vocación fundamental a la que estamos llamados. En la enseñanza apostólica y patrística, el amor no es un simple sentimiento humano o una emoción pasajera, sino una virtud activa y sacrificial: la (agape, término de origen griego adoptado en la liturgia y teología copta).
El mundo caído a menudo promueve la confrontación, la división y el daño mutuo. Cristo advirtió con claridad que en este mundo encontraríamos aflicción y oposición, e incluso aquellos que rechazan la verdad o se entregan a la maldad buscarán arrastrar a otros al conflicto. Sin embargo, el mandamiento cristiano es tajante:
«No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal.» (Romanos 12:21)
Para cultivar este amor constructivo frente a la oposición de quienes desean la discordia, debemos mantener claros los siguientes principios:
1. El amor fundado en la verdad, no en el compromiso con el error
El amor genuino nunca renuncia a la verdad. No se trata de una condescendencia pasiva o una falsa paz que tolere la injusticia o la herejía. San Pablo nos exhorta a «seguir la verdad en amor» (Efesios 4:15). Se puede y se debe rechazar con firmeza el error y las malas intenciones de otros sin que nuestro corazón albergue odio, amargura o deseos de venganza.
2. La purificación del corazón (Metanoia)
Ser mejores continuamente exige un proceso incesante de arrepentimiento y transformación espiritual: la metanoia*, vocablo griego. Los Padres del Desierto enseñaban que cuando alguien nos ataca o busca hacernos caer, la verdadera victoria no radica en responder con la misma agresión, sino en guardar la paz interior (o, término de origen griego) y orar por quien nos agravia. El mal ajeno no debe convertirse en la justificación de nuestra propia caída.
3. La soberanía de Dios sobre el mal
Aunque existan personas que prefieran el conflicto, la soberbia o el daño, el alma fiel descansa en Phnouti*, término nativo copto para Dios. Como recordaba San Atanasio de Alejandría, el mal no tiene sustancia propia; es la ausencia y la corrupción del bien. Aquellos que hacen daño se dañan a sí mismos en primer lugar, perdiendo la comunión con Dios.
Podemos y debemos buscar siempre la perfección cristiana: responder al odio con firmeza espiritual, al agravio con oración, y a la maldad con una vida recta que dé testimonio inquebrantable de la luz.